EmilioMinkov_

SISTEMA_ORIGEN

Vamos a morir. Esta certeza, a menudo banalizada en la sociedad actual, fue el detonante de algunas de mis crisis existenciales más arduas, no solo en el plano mental, sino como una abrumadora sensación física. Con el tiempo, he logrado discernir entre el temor impulsivo ante este hecho y una curiosidad más aséptica. Aunque sé que el final es inevitable, he comprendido que dejarme paralizar por ello es desproporcional a sus efectos inmediatos.

Tal vez no sea prudente ver la muerte como una condición limitante, sino como un factor determinante en nuestro proceder: un impulso para querer mejorar continuamente, alejarnos de lo que nos hace mal y empujarnos en las tareas cotidianas. En este sentido, la muerte no es la premisa que da sentido a la vida, sino el motor que nos incita a actuar mientras estamos en ella, por simple diligencia y convicción.

Sin embargo, por mucho que intente racionalizarla, no siempre puedo controlar cómo la experimenta mi cuerpo. En lo cotidiano me acompaña en silencio y hasta me anima a seguir; pero unas pocas veces al año, se asoma desde una esquina y me golpea en el presente como si estuviera a punto de suceder. En esos instantes, noto una sensación que empieza despacio y, al alcanzar su pico, me nubla la vista y agita mi mente. Es un abismo en el que busco trascender el simple hecho de estar vivo; me deja a la intemperie ante lo que realmente soy: un organismo luchando por sobrevivir. Al acabar, es como bajarse de una atracción: salgo ileso, pero he vivido algo que me ha puesto al borde del precipicio. Resulta abrumador verlo con tanta lucidez, pero esa misma intensidad, por irónico que parezca, encierra una innegable inyección de adrenalina.

Cuando no estoy asomado a ese vértigo, lo que queda es una incertidumbre visceral sobre el futuro que antes me consumía, pero a la que mi mente ha logrado adaptarse para mantener el enfoque y seguir adelante. Precisamente para no transitar esa intemperie en soledad, y por esta consciencia de nuestra fragilidad, es por lo que existe este espacio.

Un lugar creado para conectar con mentes que entiendan el vértigo y la complejidad de estar vivos. Es dar para recibir. No busco ecos de mi propia voz, ni copias exactas de mí; busco antagonistas comprensivos. Alguien con inteligencia emocional, capaz de entenderse conmigo a través de nuestras diferencias. Me da igual el género, la raza, la ideología, la nacionalidad o la brecha generacional. Busco personas.

Si de aquí surge una conversación que valga la pena, el experimento habrá sido un éxito. Y no todo tiene que ser profundo; la tranquilidad y la risa también son formas de combatir la entropía. Al fin y al cabo, nadie soporta a alguien que desayuna nihilismo todos los días. Ni siquiera yo.

Al final, cuando el vértigo desaparece, te das cuenta de que no hay éxito, fama o dinero que calme esa angustia. Lo único que nos ancla al presente y nos da ganas de vivir son las relaciones humanas. Aquellas conexiones donde podemos quitarnos la armadura buscando amabilidad y comprensión genuina; vínculos profundos que, paradójicamente, incrementan el tiempo de tu vida.

Bienvenido.

RECUPERACIÓN_RECIENTE
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